Cementerios parisinos




Anécdotas, historias y chismes sobre los cementerios parisinos que recorrí a lo largo de mis 25 años de estadía en esa ciudad.

Las tumbas suelen ser pretextos para relatar hechos, asociar personas y descubrir una época. 

Comenzaré por el cementerio du Père Lachaise, considerado el más importante del mundo, que fue concebido en 1803 por el arquitecto Alexandre Théodore Brongniart, en una zona de pequeñas y verdosas colinas del distrito XX.



EL PÈRE LACHAISE

ÉDITH PIAF

Si no figurase «Piaf» sobre la lápida de granito que señala los despojos de Madame Lamboukas, nadie fijaría su atención en el sepulcro del "Gorrión de París", Édith Giovanna Gassion. El “Madame Lamboukas” se debe a su jovencísimo marido, Théophanis Lamboukas, que ella trató de promocionar como cantante bajo el seudónimo de Théo Sarapo.

Al pie de la tumba, en una placa en porcelana esmaltada, dos manos en plegaria invocan el anhelo que Edith convirtiera en una de sus canciones: «Dios reúne a los que se aman». Y en otra, de granito tallado, puede leerse “gentil mariposa, ve y dile que la amo”, placa que probablemente fuera depositada por Théo Sarapo.

Edith Piaf amó a muchos hombres célebres: Yves Montand, Marlon Brando, Georges Moustaki, al ciclista Louis Geradin y, sobre todo, al boxeador Marcel Cerdan, para quien escribiera –casi de manera premonitoria– su legendario "Himno al amor" sólo cuarenta y cuatro días antes de la muerte de Marcel en un accidente aéreo. Edith se sintió responsable de la tragedia al haberlo convencido de no tomar el barco sino un avión, al cual Marcel era aprehensivo. Edith –inundando su cuerpo con alcohol y morfina– no se recuperaría jamás, y moriría muy joven, a los cuarenta y siete años, con el aspecto de una anciana.

A pesar de que era muy creyente, se prohibieron sus obsequias religiosas por ser divorciada. En aquel otoño del '63, L'Osservatore Romano descargó contra ella toda la pacatería de la jerarquía eclesiástica al tratarla de «ídolo con felicidad prefabricada que viviera en estado de pecado público».
Los ojos de Edith, eternamente tristones, llegaron a ser un símbolo del amor desgarrado.

Cada vez que visito las tumbas de los famosos, tomo fotografías pues casi siempre hay detalles nuevos dejados por admiradores y nostálgicos. En esta foto, por ejemplo, además de un rosario, alguien depositó una cajita transparente con un diminuto y melancólico oso de peluche que pareciera esperar la caricia de algún visitante.

Si su "Himno al amor" emocionó al mundo entero, ya no se recuerda que la canción tuvo sus detractores a causa de un verso en el que ella jura que “hasta renegaría de mi patria si me lo pidieses”. Es de comprenderse: hacía solo cuatro años que Francia salía de la guerra.
Y sólo los franceses setentones recuerdan que Charles Aznavour comenzó como su chofer, pasó a ser su secretario para convertirse luego en otro gigante de la "chanson". Está aún en discusión si fue o no uno de sus amantes.
Su tumba es, probablemente, la más visitada del Père Lachaise.


YVES MONTAND - SIMONE SIGNORET

LA VIDA ES UNA PELÍCULA


En la división cuarenta y cuatro, Yves Montand yace junto a su amiga y esposa Simone Signoret, no lejos de su primer amor conocido y formadora musical, Edith Piaf, y a un océano de distancia de su infidelidad más publicitada: Marilyn Monroe.





Nació en Italia en 1921 en una familia pobre y perseguida por la militancia comunista de su padre en pleno fascismo mussoliniano. Se llamaba Ivo Livi al llegó al exilio marsellés. Cuando adolescente comenzó a fabricar escobas trabajar le atraía más que el estudio, pero la crisis provocada por la Segunda Guerra lo hizo peregrinar por diferentes oficios. Su primer diploma es un Certificado de Aptitud Profesional como peluquero femenino mientras comienza su militancia en el Partico Comunista francés. Le gustaba el cine admiraba a Gary Cooper y bailar, arte en el cual idolatraba a Fred Astaire.
Cuando comenzó a subir a pequeños escenarios marselleses como cantante decidió adoptar un seudónimo. Recordó que su madre desde el primer piso solía llamarlo con un “¡Ivo monta!” (¡subí Ivo!) que él adaptó como Yves Montand. En pleno ascenso como cantante le ofrecieron realizar la primera parte en un recital de Edith Piaf que se convirtió en su primer gran amor y consejera de su carrera artística. Tras la ruptura, en 1949 se unió a Simone Signoret, con quien viviría hasta el fallecimiento de la actriz.
En torno de ellos se reunían intelectuales y artistas de todas las disciplinas, activamente comprometidos o críticos con el comunismo. El desencanto le cayó como una viga de cemento tras visitar la URSS y comprobar que el panfleto era más edulcorado que la realidad. Una experiencia similar vivirían Ernesto Sábato y Atahualpa Yupanqui. Montand se convirtió en uno de los baluartes franceses del anticomunismo durante la guerra fría.
 
Durante una película que en 1960 filmara en los EEUU junto a Marilyn Monroe (en ese momento esposa de Arthur Miller), Montand vive un fogoso romance con la rubia más codiciada del mundo. Cuando un periodista le preguntó a Simone Signoret qué pensaba de esta relación de su marido nacida en plena filmación, ella contestó: “¿Usted conoce a muchos hombres que se mantendrían insensibles teniendo entre sus brazos a Marilyn Monroe?”. Su actitud desarmó a Montand que decidió seguir con su esposa. En el 62 se suicidó Marylin y en el 63 murió Edith Piaf. ¿Qué recuerdos habrán revuelto las emociones de Yves?
Ideológicamente tras haber conocido al escritor y guionista Jorge Semprún se afirmó en el cine político y en la crítica al comunismo con dos de sus películas más vistas: Z y La Confesión”… Después le seguiría otra más ambigua: Estado de sitio, sobre los Tupamaros uruguayos. Hay que aclarar que su padre y su hermano siguieron fieles al Partido Comunista, lo que provocó la ruptura entre ellos y él. Montand fue considerado como perteneciente a la “izquierda intelectual que rompiera con el estalinismo”.
Como cantante llenaba las salas y como actor sus películas conocían un éxito innegable.
Simone muere en 1985. “Los muertos no están ausentes, sólo son invisibles”, dijo Montand. Dos años después se unió a la jovencísima Carole Amiel con quien tuvo un hijo a los 67 años, nacimiento que causara un áspero debate en torno a la paternidad tardía.
Montand murió en pleno rodaje de su última película.


PAUL ÉLOUARD 
(que es como decir Gala, Max Ernst y Salvador Dalí)


 

Detenerse ante la sencilla tumba del poeta, resistente antinazi y militante comunista Eugène Grindel –que se hiciera llamar Paul Éluard– es en realidad un pretexto para hablar de la rusa Elena Ivanovna Diakonova, conocida como Gala, uno de los personajes más misteriosos del siglo XX que se convirtiera –para varios móais del surrealismo– en diosa y musa, amante y amiga, madre y esposa, látigo y miel. Sus “hombres oficiales” más conocidos, Paul Éluard, Max Ernst y Salvador Dalí, sucumbieron durante años al hechizo abrasador de la muchacha a quien le permitían todas las libertades eróticas que les exigiese con tal de que no los alejase de sus vidas.Es curioso que aún no se haya publicado una buena biografía de este personaje –para unos ofídico, interesado y demoníaco y, para otros, paradigma de la sensualidad– que potenciara con su seducción la expresividad literaria y plástica de muchos surrealistas, incluidos Louis Aragón y André Breton.
 Éluard conoció a Gala durante una cura de tuberculosis que los dos hacían en un nosocomio de Clavadel, en Suiza. Se casaron en París y tuvieron una hija a quien Gala no prestaría nunca ninguna atención, dejándola al cuidado de Paul. En los brazos de Éluard, la rusita tímida se convertiría en su musa, en tanto él la empujaba a las veleidades del amor sin mesura, tal como el surrealismo naciente pregonara para la vida entera. Así nació la verdadera Gala, esa máquina devoradora de hombres, como un poema inesperado que se independizara de la voluntad de su creador Paul Éluard.
 Además de los poemas de Éluard, Gala inspiró también las telas del mejor amigo de su marido, Max Ernst quien –a fuerza de hacerla modelar desnuda– pasó del calvario de la calentura al amor más desbordante a partir del momento en que ella accediera a sus pedidos de desahogo. Con resignado sentido práctico, Éluard se llevó a Ernst a vivir a su casa. El trío comenzó entonces un período de fecunda actividad literaria, plástica y erótica. “Tus ojos se pierden en la noche / para añadir el insomnio al deseo”, escribiría por esos días Éluard.
En 1929, en un viaje que los tres hicieran a Cadaqués, Gala pasaría por la trituradora carnal a Salvador Dalí, que –si no se convirtió en ese momento en el loco que todos conocimos después– pasó raspando. Dalí –cuentan los historiadores– de sexualidad tan apática como nula, buscaba una musa-madre y Gala supo detectar esa urgencia. Tuvo, además, una visión premonitoria en cuanto a las diferencias entre el futuro económico de su marido y el del pintor cadaqués. Se divorció y se fue con él, no sólo para inspirar casi toda la obra daliana, sino para encargarse de su comercialización. Los millones que comenzaron a recibir la tenían por materia prima en tanto modelo de las telas, y de administradora de todo lo que ellas producían. André Breton –padre reconocido del movimiento surrealista y adherente del Partido Comunista al igual que Éluard– escandalizado por el lujo irreverente en el que flotaban Dalí y Gala, apodó al primero “Ávida dollars”, apodo que regocijó al pintor y del cual se sirviera en numerosas ocasiones. Dicho de otra manera: se pasaba olímpicamente por el sobaco las críticas de sus colegas y amigos respecto de lo que amarrocaba producto de su talento. Si bien Gala tenía el mismo temperamento voraz y avaro que Dalí en materia de finanzas, se permitía algunas excepciones con las docenas de amantes que pasaban por su residencia. Muchas veces Dalí participaba como "voyeur" en los resuellos eróticos de su esposa que podían pasar de simples relaciones individuales a sesiones de orgía lésvicas o heterosexuales.

 Curiosamente, una vida que ni en lo material ni en lo moral le ponía traba alguna, no hizo de Gala una mujer feliz sino que su carácter se corroyó y su sensibilidad humana se oxidó. «Me importa poco si Dalí me ama o no. Personalmente yo no amo a nadie», escribió en su diario. No obstante nunca abandonó a su esposo –ni siquiera cuando comenzó a vivir sola en su propia residencia– y siempre cumplió con el rol que él esperaba de ella: madre-consejera-protectora-hermana-amiga y, de vez en cuando,
hembra que le permitía instalarse tímidamente entre sus piernas. No hay más que leer la autobiografía de Dalí titulada “Diario de un genio”, perfecta joya de la locura, de la sinrazón y de la libertad por la libertad misma donde el humor, la auto hagiografía y el testimonio, lo convierten en una obra deliciosa.


Desde 1965, una segunda musa se incorporaría al mundo de Dalí: la conocida transexual Amanda Lear, que además de algunas lánguidas experiencias eróticas a trío con el pintor y Gala, fuera compañera del “stone” Brian Jones, luego de David Bowie y, más tarde, con Bryan Ferry.
Cuando Gala falleció en 1982, se quemaron completamente los fusibles del “loco” Dalí. Para su desgracia, sobrevivió siete años a la muerte de quien fuera su musa durante cincuenta. Terminó sus días arrastrándose por el suelo, largando abundante baba, convencido de ser un gusano.
Todo esto pienso toda vez que me detengo ante a la tumba de Paul Éluard, porque probablemente él jamás hubiese sido lo que fue si no se hubiese encontrado con Gala en el nosocomio para tuberculosos suizo, de la misma manera que tampoco Max Ernst hubiera llegado a la expresividad de sus telas si Gala no le hubiese hecho el amor mientras la pintaba, y Dalí –probablemente– de no haberla conocido, hubiera terminado sus días dibujando caricaturas en la Place du Tertre, de Montmartre, con remiendos en los pantalones y rogando que alguien le ofreciese un pucho.


GABRIELLE RUSSIER

MORIR POR AMAR
  
Encontrar la tumba de Gabrielle Russier en el Père Lachaise me costó bastante a pesar del plano marcado con una equis que me dieran en la administración: me habían prevenido que estaba en un lugar de acceso complicado y muy escondido. Felizmente la encontré al segundo día de búsqueda.


Muy pocos recuerdan a la mujer cuya historia (en los meses posteriores a mayo del 68) provocara en Francia indignación y llanto. Gabrielle Russier –de 32 años, separada de su marido y con dos hijos– era profesora en el liceo Saint-Exupéry, de Marsella, donde se había enamorado de uno de sus alumnos, Christian Rossi, de diecisiete años. 
Condenada por colegas y familiares desde el vamos, la pareja se escapó hacia Alemania, pero la familia de Christian la denunció por secuestro y corrupción de menores, por lo que la policía se lanzó a su captura y lograron aprehenderla en abril de 1969. Además de haber perdido su trabajo, pasó algunas semanas en la cárcel hasta que el juez decidió someterla a juicio donde el fiscal pidió trece meses de prisión sin beneficio de salida anticipada. Aplastada por la situación, Gabrielle se suicidó, dejando a sus dos niños.

El escándalo fue mayúsculo en esa Francia que vivía la euforia feminista y libertaria de mayo del 68. El presidente Georges Pompidou –ante la pregunta de un periodista sobre el tema– contestó con un verso de Paul Éluard que hace referencia a los que murieron por ser amados.


Christian Rossi se borró voluntariamente de la escena y parece haber llevado una vida serena como profesor de literatura hasta que –según un rumor que yo no pude confirmar con documentos creíbles– siendo ya padre de familia, habría tenido un romance clandestino con una de sus alumnas. Rossi debe tener hoy alrededor de 65 años.
Sobre Gabriela se escribieron canciones, libros y películas. 

La canción más conocida es la de Charles Aznavour “Mourir d’aimer”, título con el que se publicaron dos películas. Serge Reggiani le cantó “Gabrielle”, Christian Kaluc et Roger Pouly le escribieron “T'aurais pu” ; Anne Sylvestre cantó “Des fleurs pour Gabrielle”, Triangle grabó “Élégie à Gabrielle”, y los argentinos Bernardo Palombo y Damián Sánchez escribieron “Canción por Gabriela”, tema que yo mismo canté con el Coro de Sadaic siendo uno de su tenores durante varios años.

Pensé que encontraría la tumba de Gabrielle abandonada y a poco de venirse abajo. Felizmente me equivoqué. Las flores en la puerta de hierro de su bóveda indican que alguien la recuerda cada tanto, a pesar de que ninguna placa feminista, ni de asociación de derechos humanos alguna rinda homenaje a la muchacha que murió por amar.




ÓSCAR WILDE

EL “ANTES” Y EL “AHORA” DE SU MAUSOLEO

El mausoleo a Óscar Wilde en el Père Lachaise (una esfinge asyria que simboliza la poesía, concebida por el escultor Jacob Epstein en 1912), desde su instalación fue centro de ataques diversos a causa de sus genitales. Al comienzo, el mausoleo fue cubierto con una lona para evitar la “imagen indecente”. Después –ante la negativa de Epstein de reemplazarlos por una hoja de viña– fueron cubiertos de yeso por orden delPrefecto y el apoyo del director de la escuela de Beaux-Arts. Finalmente, a comienzos de los años sesenta, parece que una pacata escandalizada los destruyó de manera definitiva, dejando a la esfinge capada. 
 Después, los admiradores de Wilde (sobre todo los integrantes de la comunidad homosexual) comenzaron a rendirle homenaje mediante besos
 embadurnados en lápiz labial. Podrán verlos en las fotos que tomé en 2011. Sin embargo, esto que fue ásperamente cuestionado por Merlin Holland –único nieto del poeta– que ordenó lavar la escultura y cubrirla con gruesos vidrios para impedir las manifestaciones labiales de los seguidores. 

Por suerte, esta arbitrariedad no les impidió a los wildeanos continuar con la ceremonia de los labios, que ahora los dejan marcados sobre el vidrio protector y que, al reflejarse sobre la escultura, le dan ese toque de sensualidad que el nieto quiso –aparentemente– evitar.

Aquí van entonces las fotos del “antes y el “ahora”, que yo mismo tomara en 2011 y en 2014.



ESTA ES LA FOTO HOY, CUBIERTA POR UN VIDRIO BLINDADO

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